CARTA DE SANTIAGO

CARTA DE SANTIAGO



A pesar de su presentación en forma epistolar, la CARTA DE SANTIAGO es un discurso que contiene una síntesis de las Enseñanzas de todos los tiempos, hasta Jesucristo. Estas exhortaciones, destinadas a servir de guía para la vida cristiana, están dirigidas a las comunidades judeocristianas diseminadas fuera de Palestina. El autor de esta Carta es Santiago, el hermano mayor del Maestro Jesús, quien presidía la comunidad de Jerusalén y aquí relata, como testigo, lo que recibió como Enseñanza.

Santiago insiste, sobre todo, en la necesidad de probar la autenticidad de la fe por medio de las "obras", haciendo fructificar "la Palabra sembrada" en el corazón de los creyentes (1. 21). "De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras" (2. 26).
"La Ley por excelencia" consiste en el amor al prójimo (2. 8). Por eso, con una vehemencia que recuerda a los grandes profetas, Santiago denuncia abiertamente las desigualdades y las injusticias sociales (5. 1-6). 
Su juicio no es menos severo cuando censura a las asambleas cristianas en las que se concede un lugar de privilegio a los ricos y se relega a los pobres. A fin de combatir estas discriminaciones y privilegios, él se hace eco de la enseñanza de Jesús, acompañando a los que buscan justicia para que libres de toda manipulación ayuden en la construcción de una convivencia mejor.

Saludo inicial
Santiago, servidor de Dios y de Jesús el Cristo, saluda a las doce tribus de la Dispersión.
La actitud frente a las pruebas
Hermanos, cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sepan que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada.
Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que la pida a Dios, y la recibirá, porque él la da a todos generosamente, sin exigir nada en cambio. Pero pidan con fe, sin vacilar, porque el que vacila se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento. El que es así no espere recibir nada de Dios, ya que es un hombre interiormente dividido e inconstante en su manera de proceder.
Resistan a las ilusiones, porque pasará como una flor del campo: apenas sale el sol y calienta con fuerza, la hierba se seca, su flor se marchita y desaparece su hermosura. Lo mismo sucederá con el rico en sus empresas.

La tentación
Nadie, al ser tentado, abandone la prueba: porque que cada uno es tentado por sus malos deseos, que lo atraen y lo seducen. De ellos nace el pecado, y este, una vez cometido, engendra la muerte.
Dios, fuente de todo bien
No se engañen, queridos hermanos. Todo lo que es bueno y perfecto es un don de lo alto y desciende del Padre de los astros luminosos, en quien no hay cambio ni sombra de declinación. Él ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad, para que elevemos con actos nuestra creación.
Necesidad de practicar la Palabra de Dios
Tengan bien presente, hermanas y hermanos muy queridos, que debemos estar dispuestos a escuchar y ser lentos para hablar y para enojarnos. La ira del hombre nunca realiza la justicia de Dios. Dejen de lado, entonces, toda impureza y todo resto de maldad, y reciban la Enseñanza y no se contenten sólo con oírla, para que no se engañen a ustedes mismos. Pongan en práctica la Palabra sembrada en ustedes, quien no la práctica, se parece a un hombre que se mira en el espejo, pero en seguida se va y se olvida de cómo es. En cambio, el que considera atentamente la Ley perfecta, el mandamiento de amor a sí mismo y a los demás, se hace libre y será feliz al practicarla. 
La verdadera religiosidad
Si alguien cree que es un hombre religioso, pero no domina su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vacía. La religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en el servicio a los que están necesitados, y en no contaminarse con el mundo. Dios habita en cada uno.
Contra la acepción de personas
Hermanos, ustedes que creen en Jesucristo glorificado, no hagan acepción de personas. Supongamos que cuando están reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y al mismo tiempo, entra otro pobremente vestido. Si ustedes se fijan en el que está muy bien vestido y le dicen: "Siéntate aquí, en el lugar de honor", y al pobre le dicen: "Quédate allí, de pie", o bien: "Siéntate a mis pies", ¿no están haciendo acaso distinciones entre ustedes y actuando como jueces malintencionados?
La dignidad de los pobres
Escuchen, hermanos muy queridos: ¡ustedes desprecian al pobre! ¿No son acaso los ricos los que los oprimen a ustedes? ¿No son ellos los que blasfeman contra el Nombre tan hermoso que ha sido pronunciado sobre ustedes?
El cumplimiento de la Ley
Por tanto, si ustedes cumplen la Ley por excelencia que está en la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, proceden bien. Aunque uno cumpla toda la Ley, si peca contra un solo precepto, quebranta toda la Ley. Hablen y actúen como quienes deben ser juzgados por una Ley que nos hace libres. Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, así la misericordia triunfa sobre el juicio.
La fe y las obras
¿De qué le sirve a uno, hermanas y hermanos míos, decir que tienen fe, si no tienen obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: "Vayan en paz, caliéntense y coman", y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta.
Sin embargo, alguien puede objetar: "Uno tiene la fe y otro, las obras". A ese habría que responderle: "Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe". ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. Los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan.
El hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras. No basta decir, ¡Maestro, Maestro, o Dios mío, Dios mío! De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras.
Los pecados de la lengua
Hermanos, que no haya muchos entre ustedes que pretendan ser maestros, sabiendo que los que enseñamos seremos juzgados más severamente, porque todos faltamos de muchas maneras.
Si alguien no falta con palabras es un hombre perfecto, porque es capaz de dominar toda su persona. Cuando ponemos un freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dominamos todo su cuerpo. De la misma manera, la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, puede jactarse de hacer grandes cosas. Animales salvajes y pájaros, reptiles y peces de toda clase, han sido y son dominados por el hombre. Por el contrario, nadie puede dominar la lengua, que es un flagelo siempre activo y que rápido se llena de veneno mortal. Con ella bendecimos a Dios, nuestro Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca salen la bendición y la maldición. Pero no debe ser así, hermanos. ¿Acaso, hermanos, una higuera puede producir aceitunas, o higos?.
Que tu corazón este en paz y lleno de amor, para que tu boca cree cosas buenas.
La verdadera y la falsa sabiduría
El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanaglorien ni falten a la verdad. Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y oscura. Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo noble y puro del Dios que está en ti es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia, se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.
Exhortación a eliminar las discordias
¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten entre ustedes? Todos ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden, o porque no saben pedir. O bien, piden y no reciben, porque su único fin es satisfacer su egoísmo.
¿No saben acaso que haciéndose amigos del mundo se hacen enemigos de Dios? No se puede servir a dos señores. Porque el que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Resistan al demonio, y él se alejará de ustedes. Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. Purifiquen sus manos; que se santifiquen los que tienen el corazón dividido. Reconozcan su miseria con dolor y con lágrimas. Sean humildes delante de Dios, cambien, y él los bendecirá.
Los juicios contra el prójimo
Hermanos, no hablen mal los unos de los otros. El que habla en contra de un hermano lo condena, o habla en contra de la Ley y la condena. Ahora bien, no hay más que un solo legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?
La inseguridad del mañana
Y ustedes, los que ahora dicen: "Hoy o mañana iremos a tal ciudad y nos quedaremos allí todo el año, haremos negocio y ganaremos dinero", ¿saben acaso qué les pasará mañana? Porque su vida es como el humo, que aparece un momento y luego se disipa. Digan más bien: "Hoy viviremos y haremos esto o aquello, con la ayuda de Dios". Ustedes, en cambio, se glorían presuntuosamente, y esa jactancia es mala. El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete un error mortal.
Advertencia a los ricos
Ustedes, los ricos, sepan que sus riquezas se han echado a perder y sus vestidos están roídos por la polilla. Su oro y su plata se han llenado de moho, y ese óxido dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego. ¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron para ustedes está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Dios del Universo. Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado a sí mismos para el día de la matanza. Han condenado y han matado al justo, sin que él les opusiera resistencia.
Exhortación a la constancia
Tengan paciencia, hermanos. Miren cómo el sembrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardando pacientemente hasta que caigan las lluvias del otoño y de la primavera. Hermanos, no se quejen los unos de los otros, para no ser condenados. Miren que el Juez ya está a la puerta. Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Yo Soy. Porque nosotros llamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Ustedes oyeron hablar de la paciencia de Job, y saben lo que hizo Dios con él, porque Dios es compasivo y misericordioso.
El juramento
Pero ante todo, hermanos, no juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni de ninguna manera: que cuando digan "sí", sea sí; y cuando digan "no", sea no, para no ser condenados.
La eficacia de la oración
Si alguien está afligido, que ore. Si está alegre, que cante salmos. Si está enfermo, que llame a sus amigos, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre de Dios. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, Dios lo aliviará, y sanará. Reconozcan su maldad y oren los unos por los otros, para ser curados. La oración perseverante del justo es poderosa. Elías era un hombre como nosotros, y sin embargo, cuando oró con insistencia para que no lloviera, no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después volvió a orar; entonces el cielo dio la lluvia, y la tierra produjo frutos.
La corrección fraterna
Hermanos míos, si uno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan que el que hace volver a un hombre de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá su propia salvación.
Háganse el bien.